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VIVE AHORA

Creer en la  resurrección es afirmar   que alguien—y alguien de nuestra historia—está” lleno de vida”. Para siempre, Creer que Cristo está vivo es plantear para cada hombre el sentido de la vida.  Pero creer en la Resurrección  es aún más. Es experimentar  ya en lo secreto de nuestro corazón que, en Cristo, hemos vencido a las fuerzas de la muerte, aun cuando sigan aprisionándonos.

 

Victoria para nosotros; sin duda, pero victoria también para el mundo, pues nuestra esperanza no es para uso privado, sino que es para el mundo. Cuando descubrimos con  asombro  que hemos sido   despertados a la vida  sin término, ese nuestro asombro  es buena noticia para la tierra entera,  nos convertimos en la conciencia viva de lo que ya le ha sido sin que la propia tierra se diese cuenta. El mundo aprende en nosotros que la muerte es “contra natura”.

 

Y no es que liquidemos alegremente el lado trágico de la existencia. Al igual que el no creyente, nos vemos enfrentados al absurdo,  abocados al sufrimiento y al vacio.  Pero creemos humildemente  que ya fluye en nosotros  una sangre nueva. Afirmamos que, desde la mañana  de Pascua, hemos nacido a una vida nueva:

”¡El mundo antiguo  ha pasado, y ha nacido un mundo nuevo!”

Creer en la Resurrección es apasionarse de la vida. Creer en Jesús es descubrir todo el  amor a la vida de  que  Jesús   manifestó en sus palabras y obras. Es creer en el mundo y hacer lo posible para que el mundo alcance su fin.  Creer en la  Resurrección es descubrir  el poder de vida que Dios nos hace experimentar: nuestra vida no camina hacia  su perdición. “Estad  vivos, auténticamente vivos”, dice Dios.

 

Si creemos en la vida es porque hemos descubierto  en la resurrección de Jesús que el secreto tenebroso  del mundo es la palpitación  de un corazón que ama: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.

 

Es significativo es  que las primeras experiencias del Resucitado  ocurran siempre “en Iglesia”, cuando los discípulos están reunidos. 

 

Si el Nuevo Testamento   contiene manifestaciones individuales del Resucitado, las refiere siempre a la comunidad (“Id y decir a mis hermanos”,  a ella  corrió a decirlo…”) La fe no está escondida en la intimidad de la conciencia personal, sino que es cosa de todo un pueblo. Creemos  juntos y experimentamos unos con otros, unos por otros el secreto de la vida.

 

Resucitó Jesús y él nos resucitó a nosotros. Resucito nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra  fuerza para anunciar a todos que Dios es nuestro Padre y nos quiere.

Sor Mª José Martínez